Muchas, muchísimas veces que voy a un concierto y veo todo lo que ocurre alrededor de él, me pregunto a qué va la gente allí. Cada uno totalmente respetable, porque la libertado de lo que cada uno hace con su dinero prima sobre cualquier cosa, pero muchos llevan a la reflexión. Con las puertas ya abiertas, puedes encontrar, aparte de una fila de público que va entrando a la sala, otra no menos larga que se dedica a beber como si no hubiera mañana. Su excusa habitual para no entrar reside en que no les gustan los teloneros; también hay otros, menos numerosos, que van a ver los primeros grupos y se van con el cabeza de cartel. Los primeros suelen ser los mismos que una vez dentro, siguen igual, pero gastándose el doble y convirtiéndose en un obstáculo para los que van sobrios. Después también se quejarán de que una entrada para un grupo internacional cueste treinta euros.

Dentro de la fila que sí entra, hace años unos cuántos de esos se pasaban unas horas esperando para poder estar en primera fila y tener una vista privilegiada de su grupo favorito. También por si daba la casualidad de que antes de que empezara todo, los músicos pasaran por allí para hacerse unas fotos o firmar autógrafos. Ahora los sigue habiendo, pero ha derivado en otra especie: los que se pasan dos horas con la cámara para grabarlo (o el móvil). Luego lo suben a YouTube orgullosos, sin darse cuenta de que aparte de verse mal, no se escucha una mierda. Los hay que también lo hacen desde la distancia. ¿A quién no le gusta tener una foto o vídeo de recuerdo de un concierto especial? Pero otros disfrutan más compartiendo todo lo que hacen que guardando ese momento en su interior. La foto que ilustra este reportaje es una captura de ‘Live at Rome Olympic Stadium de MUSE’. Da igual que una banda haya anunciado que va a grabar su actuación para un futuro DVD/BluRay, porque entre la multitud (ojo, más de sesenta mil en ese caso concreto) habrá una oleada de teléfonos y cámaras al aire para inmortalizar el momento a su manera. Dentro de la infinita colección de memes que hay en la red, siempre me ha hecho gracia el de cuantarazon que reza “disfruta del concierto y deja de hacer el gilipollas con el móvil”.

rockconcertEn esa primera fila, según el tipo de grupo, también están los adolescentes anclados en el fenómeno fan… porque sí, el rock, el metal y el estilo que sea, también lo tiene, no es algo exclusivo de la Superpop. El agobio que pasé en el foso de PIERCE THE VEIL cuando vinieron con BRING ME THE HORIZON no lo he pasado ni con las explosiones sorpresa de RAMMSTEIN. Se escuchaban más alto todos los piropos que les soltaban a los músicos que la música que tocaban ellos. Que no dudo que los chavales puedan tener su tirón, pero ¿estás allí por ellos o por la música? Si en el grupo en cuestión hay una mujer atractiva, entran en escena los babosos, mucho más faltones con su lado soez, a los que prefiero no dedicar más líneas. También hay un grupo en esa franja, más o menos numeroso, que se dedican a pedir el single de turno durante hora y media. El resto da igual, han ido allí a escuchar la canción famosa por la que conocen al grupo y han ido al concierto, que sabiamente se suelen guardar las bandas para el final. Debe ser que ellos no lo saben. Muy parecidos son los que una vez fuera del recinto, se dedican a contar todas las canciones que no han podido escuchar esa noche. Da igual que el grupo haya tocado veinte o treinta, como si han hecho un concierto de tres horas a lo PEARL JAM. Tienen que estar más pendientes de “lo que no que de lo que sí”.

En una esquina están los que se pasan hablando todo el show, buscándole fallos al concierto o haciendo comentarios técnicos. Están ahí porque sí, les gusta el grupo, pero siempre hay que poner una puntilla al asunto. “Ha fallado en ese punteo, la batería se come la voz, el bajo no se escucha…” y palabras por el estilo. No mucho más lejos, hay gente sola, que suele ser la que ha ido por obligación, por acompañar al amigo o pareja de turno para que no fuera solo… cuando al final ya se ve quién se queda sin compañía. Después, tenemos la delgada línea que separa la zona de acción con la de tranquilidad. Los que se quejan de haber recibido un empujón cuando están en el meollo de todo el asunto, a los que se les suele decir el típico “¿qué haces aquí, no sabías a lo que venías?”. En el lado contrario, los que están a veinte metros del escenario, en una zona sin agobios y con espacio, pero que se tienen que poner a montarla y molestar a los que quieren ver el concierto en la lejanía. En medio de todo, tenemos a los que van a vivir el concierto de verdad (a su manera, claro está), a saltar, a sudar, a cantar, a bailar o poguear. Pero entre ellos también podemos encontrar distintos tipos de asistentes, pues los del principio, los borrachos, muchas veces se infiltran ahí sin saber dónde se meten… o sin ser conscientes del todo teniendo en cuenta el estado en el que van. También los hay que van con la mentalidad de liarla, sí o sí, y vuelvo a poner el ejemplo de BRING ME THE HORIZON (en esta ocasión, cuando fueron teloneros de MACHINE HEAD), o de grupos que puedan atraer a público muy distinto: tienen que quedar por encima de los demás, demostrar quién manda ahí. Auténticos trues.

Y aunque parezca mentira, también hay gente a la que le gusta llegar a tiempo siempre que su trabajo (u obligaciones varias) se lo permita, ver todos los grupos, observar detalles, tomarse algo, charlar con sus amigos entre actuaciones, quedarse hasta el final, aprovechar el dinero invertido e irse a cenar (si se puede) o tomarse la última para comentar la jugada después de pasarse media tarde y parte de la noche metido en una sala. Algo normal (dentro de lo que encierra esa palabra) que a vista de otros parece soso. Pero como decía al principio, hay que respetar a lo que va cada uno.

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